El gobierno estadounidense sorprendió al mercado chileno al imponer una sobretasa arancelaria del 12,5% a una gran variedad de envíos hacia Norteamérica, incluyendo frutas, vinos y salmones. A pesar de los esfuerzos diplomáticos y técnicos realizados por los gremios productivos y ministerios para evitar el castigo, la administración norteamericana dejó al país en el tramo más severo de su escala de sanciones comerciales.
Este escenario deja en evidencia las complejidades de la política exterior del actual gobierno, que apostó a que la sintonía política con la Casa Blanca se traduciría en un trato económico preferencial. Sin embargo, la lógica de Washington demostró priorizar exigencias regulatorias internas por sobre las muestras de cercanía ideológica, dejando al descubierto la vulnerabilidad de depender de lazos políticos transitorios en el comercio internacional.
Aunque los minerales estratégicos como el litio y el cobre se salvaron de la medida por ser indispensables para la economía estadounidense, el impacto en las regiones productoras es innegable. Las autoridades nacionales han anunciado que continuarán las gestiones para lograr excepciones, mientras expertos advierten que este episodio marca el retorno de los aranceles como herramientas de presión geopolítica en el escenario global.

