Tradicionalmente, la redacción de actas corporativas se caracterizó por resguardar los consensos finales y omitir las vacilaciones o cuestionamientos ocurridos en las sesiones. No obstante, la adopción de inteligencia artificial generativa por parte de los altos mandos está alterando este panorama, pues el historial de solicitudes formuladas a estas herramientas deja una huella explícita sobre el razonamiento de la gerencia.
Esta transformación redefine la evaluación de la diligencia corporativa. Dado que los sistemas digitales facilitan la detección de alertas tempranas y la evaluación de eventuales escenarios desfavorables, abstenerse de formular las preguntas clave ya no es visto como un simple descuido, sino como una omisión deliberada. En contrapartida, un uso metódico de la tecnología permite certificar que la administración evaluó minuciosamente los riesgos antes de resolver un asunto estratégico.
Sin embargo, expertos recalcan un aspecto determinante: los chats conversacionales no están amparados por la confidencialidad ni el secreto profesional que resguarda a la asesoría legal. Tribunales internacionales ya han utilizado transcripciones de consultas a inteligencia artificial como prueba contundente sobre la mala fe de ciertos ejecutivos, evidenciando además que intentar borrar el historial no previene su trazabilidad en el ámbito judicial.
Ante este escenario, la recomendación apunta a evitar el uso encubierto de estas aplicaciones y promover una gobernanza transparente. La tecnología no asume responsabilidades ni sustituye la idoneidad técnica del directorio, pero sí deja al descubierto si la cúpula empresarial actuó con juicio crítico o si descuidó sus obligaciones esenciales.

