La historia personal de la reconocida crítica de cine y columnista se teje entre los recuerdos de su infancia en Ñuñoa y los veranos en un fundo ubicado en Teno. Aquella etapa inicial quedó marcada por la pérdida de la propiedad familiar durante el gobierno de Eduardo Frei Montalva, un episodio difícil que, sin embargo, no sembró rencor en su hogar. En su casa, los libros y el arte ocupaban un sitio central, alimentados por una madre apasionada por el teatro y un padre devoto de la historia.
Su camino académico comenzó con cuatro años de Sociología en la Universidad Católica, ingresando en 1973 en medio de un clima complejo que más tarde derivó en el silencio impuesto por la dictadura. Tras cambiarse a Periodismo y titularse con rapidez, aterrizó en El Mercurio. Aunque sus primeros pasos fueron en la sección de economía, un traslado casual al área de Espectáculos le permitió fusionar su profesión con sus verdaderas pasiones: el teatro, la televisión y la pantalla grande.
Durante su paso por los medios, fue testigo privilegiado de la época dorada de las teleseries nacionales, cubriendo hitos como el fenómeno de “La Madrastra” y reporteando con un rigor que iba mucho más allá de la entrevista tradicional. Su paso por coberturas masivas, como el Festival de Viña del Mar —donde incluso la pilló el terremoto de 2010—, consolidó una mirada abierta y sin prejuicios hacia diversos géneros musicales.
En su rol actual frente al séptimo arte, la especialista sostiene que su misión principal no es dictar cátedra, sino entregar herramientas y pistas a quienes leen sus columnas. Fiel a su estilo, reconoce que equivocarse es parte del proceso y recalca que la clave para mantener fresca la mirada crítica es dudar siempre de las certezas.

